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Érase una vez, en la comarca de Los Monegros, atravesando con mi coloradito su sempiterna recta, cuando recibí una triste noticia y mi mirada perdida en la tierra de Los Monegros, necesitó amparo en su vegetación esteparia como virgen, desolado, echado en su tierra bajo un cielo azul, sintiéndome consolado. Tantas veces había pasado atravesando esta tierra como aragonés camino hacia la playa que cuando pasaba por Los Monegros deseaba acelerar para no ver su inmenso desierto. La situación de la noticia hizo que tuviera la necesidad de parar para consolarme en su silencio haciéndome reflexionar para hacerme saber que la tragedia de la vida no es la muerte. Esta tierra, su tierra no labrada, siempre dio vida al lugar. Tumbado bocarriba y sintiendo una de las tres quaternitas como es el sol que ilumina con todo su calor toda su Comarca, me hizo saber que dejar de reír, de soñar, de amar sería estar muerto en vida. Que la vida y el tiempo son los mejores maestros. La vida nos enseña a aprovechar el tiempo y el tiempo nos enseña a valorar la vida, cuando en su día deseaba correr para dejar de ver su desértico desierto. Que lo único que uno se lleva es lo que vive, y así que decidí vivir todo lo que me quería llevar. Y me fui a ser feliz, no sé cuándo volveré. Estoy en Los Monegros.
Y colorín colorado este cuento, que no es un cuento, no ha acabado...
​ Guillermo Nicolás

Vive la esencia de lo esencia




…llegó un hombre caminando solo. No conocía a nadie. Se había encontrado con mucha gente en su camino, algunos le habían ayudado, otros le habían saludado y muchos otros le habían mirado con desconfianza, pero amigos, amigos… no tenía, la verdad. Quizás porque siempre había andado de un lugar a otro, sin detenerse en ninguno, viviendo y llegando siempre hasta dónde le llevaban sus pies. Nadie sabía si era bueno o malo, si le gustaba cantar o bailar, si prefería comer judías o espagueti, en fin… que nadie, nadieeee… se había interesado en conocerle. Y así, andando, andando, fue como llegó a una tierra desconocida, seca y con horizontes interminables. Llegó al atardecer y pensó que jamás, en ningún lugar por el que había pasado, había visto horizontes más bellos que aquellos … 

A. Sariñena 

imagen de luna roja y torrollones 


l

   


El espectáculo que la naturaleza le ofrecía era maravilloso. El ocaso teñía de rojos, rosas y naranjas el cielo mientras las nubes danzaban y se reflejaban en un lago de sal infinito. Pensó que aquello no tenía precio. No se podía pagar ni con todo el dinero del mundo y sonrió hacia adentro recordando otros tiempos en los que creyó que con unos billetes se podía comprar la felicidad.¡Cuánto había cambiado todo! ¡Cuánto había cambiado él! Por suerte, las cosas importantes seguían ahí, más vivas que nunca.

Monegrina. Sariñena 


De repente, en medio del lago vio que algo se movía. Se acercó con cuidado. Los cristales de sal crujían bajo sus pies. Se agachó y fue testigo de un milagro. Pudo contemplar cómo la vida se abría paso en las condiciones más extremas: ¡Hola!, le dijo aquel ser. -¿Me estás hablando a mi?, le contestó el hombre. -Sí, sí, a ti; por aquí pasa gente, no mucha, pero solo a unos pocos les mostramos nuestro secreto, le dijo.

Era un minúsculo crustáceo que le contó cómo había dejado enterrados sus huevos en el barro. Allí habían permanecido bajo el suelo resquebrajado y estaban eclosionando ahora que la salada comenzaba a inundarse de nuevo.

- Pero no han salido todos, le dijo el hombre, pensando que se olvidaba de algunos de sus huevos. –No, tranquilo. Por mucha agua que haya, no se abren todos. Algunos se esperan porque así nos aseguramos que, si la sequía llega de repente antes de haber tenido tiempo de reproducirnos, no perdemos toda la población.

Entonces, el hombre recordó que, cuando era un joven estudiante universitario para quien todo era posible, hace ya más de 20 años, había leído el libro de César Pedrocchi, “Ecología de Los Monegros”. En él, el biólogo hablaba de la paciencia como estrategia de supervivencia. Contaba cómo organismos de este territorio, en condiciones difíciles, saben esperar para poder seguir adelante. Y pensó: ¡Qué sabía es la naturaleza! y ¡Qué importante es la paciencia!. Otra virtud que teníamos olvidada y que ahora es más valiosa que nunca.

Monegrina. Sariñena


Estaba sentado bajo la sombra de un olivo, contemplando el magnífico paisaje que me rodeaba. Mientras yo disfrutaba de las vista, vigilaba un gran rebaño de ovejas. Metido en mis pensamientos empecé a recordar todos los años que hacía que había llegado a esta preciosa comarca, muchos años han pasado desde aquel primer día que pise estas bellas tierras. De repente, a lo lejos vi acercarse a alguien, pero no podía distinguir quienes eran, ya que se encontraban a una gran distancia y solo podía ver varias siluetas acercarse por el camino. A rato, pude distinguir quienes eran, mi mujer y mi nieta que venían paseando a traerme la comida, que alegría al verlas…

 

Vanessa Gago, Orillena

 

Imagen de Elia 
Elia. 8 años. Tardienta




Julia, solía salir a pasear por el campo. Cogía su bicicleta y llegaba hasta un punto indeterminado. Cada vez elegía un camino nuevo. Cuando encontraba el sitio adecuado, dejaba su bicicleta y comenzaba a caminar. Le encantaba ir descubriendo el paisaje al ritmo de sus pies. Fijarse en cada planta, en cada trozo de tierra, cada elemento de ese paisaje erosionado y seco pero verde a la vez.


Silvana. Huesca


 En esta Comarca de los Monegros, un día, nos vino a visitar un  virus, "Coronavirus". El Coronavirus, quería jugar  con alguien...
Le preguntó al Elefante: ¿quieres jugar?
-Noooo!!!
Entonces, fue a buscar a otro animal...al perro.
- ¿Quieres jugar?
- ¡No!, ¡Que me contagiarás!
Luego el Coronavirus  fue a buscar a la araña...
- ¿Quieres jugar?
- ¡Si!, pero con una condición, ponte una vacuna.
Coronavirus le hizo caso, se puso la vacuna.
¡Sorpresa!. Al ponerse la vacuna, el Coronavirus se convirtió en una rana.
Desde ese día, todos jugaron con él, y el Coronavirus fue una leyenda.



imagen del Coronavirus



Maider 7 años, Grañén

¡Nadie pensaba que jamás ocurriera nada parecido aquí, en Monegros! ¡¡¡¿¿¿Un virus???!!!!
No podíamos salir a la calle, sólo a comprar lo necesario y volver a casa, no tocar a nadie, no abrazar a nadie, no pasear... ¡qué desastre! pensó Ana! Esto no es vida! No ver a mis amigos, no salir juntos... en fin... un aburrimiento!!!. 

Después de varios días en casa, sin salir más de lo estrictamente necesario, pensó que tenía que hacer algo. Algo que tenía pendiente hacía muchos años. Conocía a Pedro tan bien como a un hermano, sin embargo, no habían vuelto a hablar desde hacía mucho tiempo, en realidad años. Recuerda aquel día horrible en el que le había dicho mientras tomaban un café, que iba a casarse, y por motivos laborales, tendría que marcharse a vivir a otra ciudad, Edimburgo, donde había vivido durante veinte años recordándolo con tanto cariño como siempre le había tenido. Por las circunstancias que a veces trae consigo la vida, no había vuelto a saber nada de Pedro. No sabía si estaría aún soltero, si tendría hijos, si seguiría viviendo en MONEGROS...quien sabe, podría ser que ahora que ella había vuelto a su pueblo, también en MONEGROS después de separarse de su pareja, él se hubiera ido a otro lugar, lejos, y nunca más se volvieran a ver. Aunque se negaba a creer que eso ocurriera, y siempre tenía algo dentro que le decía que se volverían a ver, la sola idea de lo contrario le angustiaba. Todos tejemos hilos infinitos, que nos unen invisiblemente a otra persona, pensaba Ana en este momento. ¿Por qué? No sabía por qué, pero de pronto pensó que era algo que no iba a posponer, quería hablar con Pedro, quería verlo! Casi podría decirse que lo necesitaba. Era como si al pensarlo, le hubiera invadido una gran nostalgia y deseo de recuperar un tiempo lejano.

Se acostó con poco sueño, y tumbada mirando al techo, empezó a invadirle una sensación de vergüenza... ¿qué le diría a Pedro? ¿Le gustaría que le llamara? Lo que sí tenía claro, es que no iba a esconder su motivo. Iba a ser sincera desde el primer momento. Tenía ganas de saber de ti y ya ves. Si... eso le diría, pero, ¿y si no tenía el mismo teléfono? Y si no quedaba nadie que pudiera darle noticias sobre él... pensando en esto se fue quedando dormida, en una estrellada y calurosa noche de julio en los MONEGROS. Una noche tranquila, con los sonidos de las lechuzas, y cuando estaba a punto de cerrar los ojos, a través de su ventana abierta vio una estrella que se precipitaba hacia el Castillo. Pensó... de mañana no pasa.

Viviana Castejón de Monegros

 

 No es ver, se trata de saber mirar. No es escucharse sino escuchar. Yo miraba el silencio y el silencio observaba mi mirada perdida en su tierra semidesértica, que tantas veces aceleraba para dejar de verla viajando hacia la playa. Voces que escuchaba en mi interior teniendo la necesidad de parar para ampararme en el silencio de Los Monegros, en ese espacio insonoro sobre el que se asienta la palabra, no es ausencia de sonido, es la posibilidad de escucharse para después proyectar la voz o el pensamiento o el llanto escuchando a tu alma. El pensamiento y su silencio, el mío y el entorno que me rodeaba de Los Monegros, lo concebían todo sin crearlo, eran el hecho que cobijaba en su cauce interno un fluir constante de palabras, de significados que dan sonido y lugar a lo que nombran. Las palabras habitan sobre su silencio, son gracias a él, nacen de él, suenan y vuelven de nuevo al silencio en su quaternitas perfecta. Entonces me cercioré, que a veces no se sabe apreciar el valor de un momento hasta que se transforma en recuerdo. Y a cada instante hago este recuerdo vivo en mí no añorándolo porque lo vivo en mi aprendizaje que tanto me enseñó esta Comarca de los Monegros. Desde la Sierra de Alcubierre, alcanzando la Ermita de San Caprasio hasta llegar a la laguna de Sarinyena (Sariñena) y cómo no las Saladas de Sástago y Bujaraloz. Recorriendo sus 31 Municipios, desde Albalatillo hasta Villanueva de Sigena, me fui a ser feliz y no sé cuándo volveré, porque andaba sin buscarme ni sabiendo que andaba para encontrarme. A veces, el ser humano se aleja para reflexionar, otras veces, porque ya reflexionó, y mientras, como decía aquél; “yo sigo” provisionalmente vivo, y por lo que ahora estamos padeciendo, por el que apodan covid-19, “milagrosamente vivo”.


Guillermo Nicolás

 

Aquella tarde de primeros de junio, percibió que todo estaba conectado. Estuvo sentada en una heladería mientras tomaba un té. Hacía mucho calor, sin embargo no lucía el sol brillante. La puerta abierta de la heladería, daba a una calle comercial, ahora peatonal, por la que no dejaba de pasar gente. En frente, podía observar a las personas que entraban y salían de una zapatería, y de vez en cuando, sonaban las campanas de la Catedral, que estaba muy cerca.
Todo ese ambiente, y esos sonidos, daban una sensación de tarde tranquila y normal.
Pronto llegaría el verano, estaba cerca. Pronto llegaría también el calor y las vacaciones para todo el mundo. Pronto se cumplirían seis meses...
Cómo había cambiado todo. Hace seis meses hacía frío, mucho frío. Las noches eran largas y la gente andaba rápido por la calle. Todo había  cambiado.
Pensó que había algo raro en la vida, que no podía entender, pero que no había posibilidad de cambiar.
Cuando sonó su teléfono aquella mañana de Navidad, hacía tan sólo seis meses, todo se paró. 
Al colgar el teléfono, volvió a notar el movimiento lento de todo lo que le rodeaba, eran sus pensamientos los que hacían que todo parara a su alrededor. 
Después de colgar se sentó para poder pensar. Apenas se mantenía en pie. No esperaba que la despedida iba a llegar tan pronto. Piensas las cosas e imaginas cómo serán, y después nunca son así. 
En una fracción de segundo todo cambia, es algo difícil de asimilar, todo sigue igual y sin embargo todo es distinto.
Cuando ellos eran pequeños, ¡qué diferente era todo! Qué larga parecía la vida...no parecía que los días estuvieran contados.
Ahora estaba allí, sentada tomando té, pensando que las tardes tranquilas y largas de los veranos que vendrían nunca volverían a ser así. Largas sí, calurosas como siempre sí, pero ya...
De repente la tarde se estaba haciendo difícil, hasta el sol apenas brillaba, la gente compraba helados y caminaba por la calle peatonal.
Qué extraña es la vida. Nadie sabe dónde llegará, seguimos andando entre risa y llanto y pensamientos de eternidad...

A. Sariñena



 



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